El obispo de San Justo, Eduardo García, advirtió sobre la profunda penetración del narcotráfico y la crisis social que afectan a los barrios del partido de La Matanza, poniendo en evidencia la insuficiente presencia estatal en el territorio.
En una reciente entrevista, García describió la dura realidad vivida en la zona: “Vivimos un narcoestado paralelo. A veces se comienza por necesidad, otras por juego o ignorancia, porque muchos de nuestros pibes lo hacen sin saber. Cuando un chico de nueve años empieza a fumarse un porrito, lo hace por ignorancia”.
El obispo cuestionó que la intervención estatal suele ser tardía y reactiva, y remarcó que “llega tarde, el Estado llega tarde. Todo esto sucede cuando hay un Estado ausente”.
Para García, la problemática tiene raíces profundas en la falta de prevención y contención desde la niñez: “Ese chico debería estar en una salita de tres años, debería estar documentado y tener acceso a los programas sociales. Esa madre tendría que estar controlada de alguna manera. ¿Dónde está el Estado antes? El Estado solo ataja el problema después”.
El obispo ejemplificó con casos concretos la desprotección institucional: “Hace cinco años reventaron un búnker en uno de nuestros barrios, se llevaron a todos los detenidos y quedaron tres nenas. La comunidad se hizo cargo porque ni la policía ni la justicia habían previsto qué pasaba con esas niñas”.
García describió además la burocracia estatal como un obstáculo: “Hay una burocracia tremenda. La comunidad termina haciéndose cargo de los chicos y las familias”. Admitió: “Me conmueve, pero no me asombra. Eso es lo triste, que no me sorprende”.
En ese contexto, resaltó el papel fundamental de la comunidad y la Iglesia para asistir a los sectores más vulnerables: “Nosotros contamos con los hogares de Cristo, que comenzaron hace 18 años para la recuperación de chicos en situación de adicción, pero hoy se han extendido. Tenemos ocho hogares de recuperación, dos de ancianos en situación de calle, dos para enfermos mentales y dos para chicos discapacitados. Mañana, si Dios quiere, inauguraremos un espacio para adultos con situaciones especiales, porque en La Matanza no hay ninguno”.
El avance logrado en el territorio fue reconocido por el obispo como fruto de la organización comunitaria: “Cambió porque la comunidad se organizó. Cambió porque algunos curas tuvieron la visión de decir: ‘Acá hay que hacer algo’. También porque se integraron programas estatales, pero las cosas surgieron porque la comunidad se las puso al hombro”.
Durante la pandemia, señaló que los desafíos se profundizaron: “No se puede pedir que se queden en casa cuando la casa es más peligrosa que la calle. Por eso les decíamos que se queden en el barrio. Se crearon comedores y múltiples acciones solidarias. Actualmente tenemos tres colegios cuota cero y hace dos años inauguramos el profesorado Papa Francisco”.
García enfatizó la inserción total del narcotráfico en la vida barrial: “Vivimos un narcoestado paralelo. En los barrios, muchos chicos comienzan a fumar porros desde los nueve años. El narcotráfico está instalado, no aparece de repente. Es el punto de referencia. Hay jóvenes que no quieren entrar en eso, pero la tentación está. Frente a una internación, una operación, la falta de obra social, allí está el narcotráfico”.
En cuanto a la labor de la Iglesia y los hogares de Cristo, destacó una mirada integral y de inclusión: “No se trata solo de reemplazar una adicción por otra con pastillas, sino de reincorporarlos vitalmente en la vida, en el trabajo. Contamos con panaderías, frigoríficos; para nosotros no es solo subsistencia, sino una necesidad para quienes están haciendo el proceso de recuperación”.
El obispo también reconoció las dificultades para combatir esta problemática: “La droga es un enemigo oculto. No sabemos por dónde entra ni quién lo protege”.
Denunció además la estigmatización que sufren los afectados: “Está a la orden del día. Faltan las condiciones para mirar más allá del hecho puntual. Muchas veces no es una decisión libre, sino el resultado de la ausencia del Estado y una historia de dolor detrás de cada caso”.
La educación y la contención fueron destacadas como herramientas para romper el ciclo de exclusión: “Trabajamos con lo que llamamos las tres C: colegio, club y capilla. El colegio es un espacio de socialización, el club para adquirir valores y la capilla para contener espiritualmente. Todo esto en contraposición a las otras tres C: la calle, la cárcel y el cementerio”.
García también expresó su preocupación por la situación laboral y educativa: “Se observa precarización y una migración importante de alumnos de colegios de cuotas altas a bajas. En éstos últimos, crece la morosidad. Esto no es solo un problema de barrios populares, es generalizado”.
Para cerrar, brindó un mensaje alentador basado en la organización social y el esfuerzo colectivo: “El año pasado se inscribieron 800 alumnos en un barrio estigmatizado para cursar profesorado en Educación Física, Enfermería y Enseñanza Primaria. Que haya 800 que piden vacante para salir del barro, para nosotros, es una gran alegría”.







