Una reflexión crítica sobre el presente del peronismo bonaerense, la crisis de formación política y la necesidad de recuperar la doctrina, el debate y el protagonismo de las bases para que el pueblo vuelva a ser sujeto activo de la construcción política.
Por Luis Gotte – La trinchera bonaerense
Recientemente se realizaron elecciones internas en el Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires, aunque más parecen ser un trámite administrativo dentro de un frente político con definiciones cada vez más difusas. En estas elecciones se designaron autoridades y se asignaron cargos, entregando símbolos que podrían abrirse en función de conveniencias futuras.
Actualmente, esta estructura política se replica en los 135 municipios bonaerenses: espacios cerrados con mínima presencia activa, donde los afiliados están relegados a meros espectadores. Hace tiempo que el Partido Justicialista perdió sus espacios territoriales para el debate, la formación y la discusión social y política, reactivándose principalmente cerca de los períodos electorales.
Esta distancia provoca que los dirigentes dejen de escuchar a sus bases. Y cuando un movimiento político deja de escuchar, también abandona la reflexión y el pensamiento crítico.
En ese vacío desaparece uno de los pilares de la política genuina: la Unidad de Concepción como fundamento para la Unidad de Acción. Sin una doctrina peronista sólida no hay conducción real; sin conducción no hay organización, y todo termina reduciéndose a la simple distribución de cargos.
Resulta preocupante que muchos referentes actuales no hayan profundizado en el estudio de la doctrina peronista ni su producción política. No se formaron en áreas clave como organización, economía o filosofía política dentro del peronismo y, en el mejor de los casos, apenas conocen de manera superficial las XX Verdades, sin aplicarlas cotidianamente.
Pero la crisis actual trasciende lo doctrinario.
Mientras el mundo debate temas centrales como la inteligencia artificial, la reorganización productiva y la soberanía tecnológica, muchos dirigentes permanecen anclados en debates de décadas pasadas, sin comprender los profundos cambios de paradigma que enfrentamos. De esta manera, no preparan ni a la sociedad ni a sus militantes para los desafíos actuales y futuros.
No se preparan para enfrentar una nueva arquitectura continental impulsada desde Estados Unidos, ni para pensar en la unidad real con los pueblos de América Latina. Tampoco abordan desde una mirada seria el municipalismo, el federalismo o la conducción territorial verdadera, porque ellos mismos carecen de formación para ello.
Este desconocimiento condena a nuestro pueblo a llegar con demora ante los cambios globales, una situación que se ha prolongado con el tiempo.
Surge así una paradoja dolorosa: una dirigencia que no crece y que, para conservar sus espacios, impide que otros crezcan. Ha desaparecido el verdadero relevo generacional.
Cierran las puertas de los partidos, bloquean el debate, cierran la formación y frenan la renovación militante. Luego se sorprenden cuando los jóvenes se alejan o pierden interés por la política. En ciudades como Mar del Plata, por ejemplo, solo una minoría de afiliados participa activamente.
Nos dicen que no hay salida, pero la hay. Siempre se sale de los laberintos.
Los laberintos no se resuelven caminando en círculos, sino cambiando la perspectiva. Cuando la carga pesa demasiado, el bastón de mariscal debe ser empleado para señalar el camino. Como dijo el poeta Leopoldo Marechal: "de los laberintos se sale por arriba".
El pueblo tiene derecho a crecer, a formarse y a pensar su futuro, sin depender de "llaves" partidarias ni de personalismos.
Porque cuando una conducción cierra puertas y deja de escuchar, la historia abre otras. Y nuestro pueblo, como recordaba Raúl Scalabrini Ortiz, "es el hombre que está solo y espera".







